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Metodología para hacer poesía y otros vagabundeos.


La sabiduría está en saber escuchar el hambre.
Come palabras como un lobo la carne, abre una antología en tiempos de sequía, silencio, bebida, música, y el silencio en los ojos, y las manos fuera de cordura. Así nace un poema.
Contempla, observa, asimila. Vete. Embriágate, lee y edita. No vuelvas más.
Al final uno escribe el mismo poema toda la vida, lo digo yo, lo dice Bishop, y cualquier idiota que esté buscando una receta para hacer poesía.
A la poesía no se le busca en la cima de todas las creencias, ni en la ilusoria inconsciencia de la estabilidad. Uno va a dar a la poesía como a una tierra extranjera. Sin nada en el bolsillo, sin nada adentro, o mejor dicho, con el mundo adentro. El vacuo sentir no busca reposo, la conciencia de si, sí. Que carga más grande no saber usar el libre albedrío en pro de vivir. Yo, llegue aquí, a este texto diminuto porque creí en que mi vida era minúscula. Y cuando supe que estaba haciendo, vi la magnitud de mi plenitud. Le fui quitando el precio a mi tiempo y lo llene de valor, de estética, de belleza, amor. Entonces, padecí del corazón. Se hizo tan grande que necesite sonetos para guardar lo que siento. 
Ya no se vuelve atrás. No hay manera de regresar. De la vida común se puede ir y venir y decir “por algo estamos aquí”. Hacer una frase motivacional me enferma. Mejor lo que dice Cioran. Y el mismo Cristo. Todo lo entendimos mal. Aunque si hablamos de utilidad, la conciencia y la ignorancia dan igual, todo se guarda en el mismo ataúd.
Ser poeta es ganarse la lotería sin tocar una sola moneda. La riqueza invisible, así como la misma felicidad.
Escribo todo esto porque no quiero llorar. No quiero pensar en la realidad que me espera en la puerta y que en cualquier momento llamará. Escribo para no darme cuenta de lo que siento, leyéndome soy un invento. Un sueño hecho realidad. Escribo para hacerme utopía y perderme en un jardín matinal, amarillo, verde, algo vivo. Escribo como muro de contención para evitar un derrumbe, un desgajamiento, la catástrofe inminente. No escribo para que alguien lea, sino para que alguien sienta. Sin temor.
Pero ahí vienen los muertos, los cuerpos puros, los que me dejaron como orilla, el último recurso para no desistir de un propósito inútil. Y con ellos, el minotauro que me ve llorar a solas con la soledad. Sin posesión más que mi propia vida. Soy una fosa común.
Basta, no te adelantes a la angustia del futuro, no sucumbas a la ansiedad incierta. No cedas al caos infernal de tus nervios, lo que piensas no existe, no, detente por piedad a ti. Los seres que te alteran no son buenos, no gastes tus ojos en querer ver el ideal que nace de tu buen corazón. No gastes tu eternidad en momentos que no van a llegar. Olvídate de esperar.
Respiro tan profundo como pueden mis pulmones. El oxigeno es insuficiente, me sobrevive una ausencia.
No hay día que no me pregunte ¿Qué sentido tiene todo esto? Y estoy agotada de los signos de interrogación en cada paso que doy. Siento culpa de hacer lo único que sé hacer. Es un empleo deshonesto y mal pagado, saturado de horas que podrían ser útiles en los trabajos cotidianos, productivos, bien pagados. ¿Quién me puso el gafete de espectadora? ¿Quién me hizo ver el deber de mis ojos? ¿Para qué? La vie!
Trabajo de guardia, mis horas son a oscuras, a la luz de una luna menguante y de Venus como vigilante. Aguardo en una salita cubierta de sabanas como fantasma. Desde hace un tiempo que viajo en años aleatorios en búsqueda de un paraíso perdido. Mi alma deambula en los cuerpos de media noche, que caminan entre los charcos de que dejo la lluvia nocturna, -o los que ni agua tienen-, los ríos de lágrimas contenidas en el hambre de sus estómagos, en los parpados cansados de dormir para no tener que comer. Transeúntes sonámbulos de ojos abiertos, gracias, por sus almas transparentes que no importa si duermen debajo de un puente o sobre una estrella taciturna. Les hablo a las gentes para oírme a mí misma, sé que un día llegara mi voz hasta mis oídos como el viento a las puertas del destino.  
Llegará el apocalipsis y me encontrara escribiendo.
Siento como mi corazón cae, pende de hilos que llevan sólo sangre, se cae de ligero, mi gravedad no soporta la natural muerte de la vida que corre a gotas. El corazón se quiere suicidar. Sólo él.

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