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43 puestas de sol.


Como la cera blanda, consumida por una llama pálida, mis días se consumen ardiendo en tu recuerdo. Apenas iluminas el túnel de silencio y el espanto impreciso hacia el que paso a paso voy entrando. Algo vibra en mi ser que aún protesta contra el alud de olvido que arrastra en pos de sí a todas las cosas. ¡Ah, si pudiera entonces crecer y levantarme, alumbrar como lámpara alimentada de tu vivo aceite en una hoguera poderosa y clara! Pero ya nada alcanza a rescatarme de la tristeza inerte que me apaga. Grandes espacios ciernen finas nieblas entre tu rostro y los que aquí te borran. Tu voz es casi un eco y lejos resplandece tu mirada. 

III 

Tal vez no estés aquí dominando mis ojos, dirigiendo mi sangre, trabajando en mis células, galvanizando un pulso de tinieblas. Tal vez no sea mi pecho la cripta que te guarda. Pero yo no sería si no fuera este castillo en ruinas que ronda tu fantasma.


Entre las cosas busco Tu huella y no la encuentro. Lo que mi oído toca se convierte en silencio, la orilla en que me tiendo se deshace. ¿Dónde estás? ¿Por qué apartas tu rostro de mi rostro? ¿Eres la puerta enorme que esconde la locura, el muro que devuelve lamento por lamento? Esperanza, ¿eres sólo una lápida? 

VI 

No diré con los otros que también me olvidaste. No ingresaré en el coro de los que te desprecian ni seguiré al ejército blasfemo. Si no existes yo te haré a semejanza de mi anhelo, a imagen de mis ansias.

Llama petrificada habitarás en mí como en tu reino. 

VII 

Te amo hasta los límites extremos: la yema palpitante de los dedos, la punta vibratoria del cabello. Creo en Ti con los párpados cerrados. Creo en Tu fuego siempre renovado. Mi corazón se ensancha por contener Tus ámbitos. 

VIII 

Ha de ser tu substancia igual que la del día que sigue a las tinieblas, radiante y absoluto.  



 De De la Vigilia Estéril 

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